Cuba: Vida y muerte bajo el bloqueo petrolero de Trump
- 1 day ago
- 8 min read
Por ACoM

Nota: Este texto refleja las opiniones de sus autores y forma parte de una serie de testimonios recogidos durante el Convoy Nuestra América, que llegó a Cuba el 21 de marzo y fue organizado por la organización de defensa de los derechos humanos Global Exchange. El 29 de marzo, la Guardia Costera de Estados Unidos permitió que un petrolero ruso con 730 000 barriles de crudo llegara a la isla, poniendo fin al bloqueo estadounidense. No obstante, Cuba sigue enfrentando una grave crisis energética cuyas consecuencias se sienten en todos los sectores de la sociedad.
Por Corina Nolet, Elena Gutiérrez, Marco Castillo
Los estantes de las farmacias están vacíos. Las calles se oscurecen. Los refrigeradores sudan mientras vuelve a fallar la luz. Los médicos cuentan las dosis. Las familias cuentan las comidas. Así se vive el bloqueo estadounidense en Cuba. Es la lucha diaria por sobrevivir.
Nos vamos de Cuba cambiados. No porque no esperáramos dificultades, sino por su magnitud y por la silenciosa resistencia de un pueblo, de una comunidad, de una nación obligada a vivir en estas condiciones año tras año.
Lo que presenciamos aquí no se puede plasmar en titulares ni estadísticas.
Está presente en la vida cotidiana de toda la isla: en las largas colas para el transporte que nunca llega, en los hogares que se quedan a oscuras sin previo aviso, en los pacientes con cáncer que esperan un tratamiento que se ha retrasado, y en la pregunta que muchos se hacen: ¿Es esto lo peor, o lo peor está por venir?
El presidente estadounidense Donald Trump y el secretario de Estado Marco Rubio han dejado clara su intención de impulsar un cambio de régimen en Cuba.
Durante más de tres meses, no se permitió que llegara combustible a la isla. Ni una gota.
El bloqueo petrolero estadounidense está llevando a Cuba hacia una crisis humanitaria. Los más vulnerables —los recién nacidos, los ancianos y los enfermos— son quienes corren mayor riesgo. Lo que se debate en un lenguaje político distante y frío, aquí se vive como privación diaria.
Es difícil transmitir lo que eso significa a menos que se vea de primera mano. El silencio de las calles que antes rebosaban de autobuses, los barrios a oscuras cuando falla la electricidad, el cansancio palpable en los rostros de las personas que se han adaptado una y otra vez a una escasez que no es ni natural ni inevitable.
Y, sin embargo, incluso en medio del agotamiento extremo, la vida continúa. Las comunidades se organizan. Los maestros regresan a sus aulas. Los médicos siguen trabajando, atendiendo a los enfermos. Los vecinos comparten lo poco que tienen. La resiliencia del pueblo cubano es constante, diaria y colectiva. Incluso ante los actos de violencia más atroces, los cubanos mantienen su compromiso con la vida, la dignidad y la autodeterminación.
Esta visita a Cuba ha hecho imposible el silencio.
Global Exchange viajó a Cuba como parte del Convoy Nuestra América, una iniciativa internacional coordinada que reunió a cientos de personas de Estados Unidos, Latinoamérica, Europa y otros lugares en un acto colectivo de solidaridad. Las comunidades se organizaron, recolectaron suministros y unieron fuerzas para brindar ayuda humanitaria de vital importancia durante un período de grave escasez. Como parte de esta iniciativa, Global Exchange transportó medicamentos contra el cáncer por un valor superior a 23 000 dólares y aproximadamente 770 kilogramos de ayuda humanitaria, contribuyendo así a la entrega de más de 20 toneladas de suministros a comunidades de toda la isla.
Cuando se acaba el combustible, todo se ralentiza. Y luego se detiene.
A primera vista, cortar el suministro de petróleo a Cuba puede parecer una decisión tomada en una oficina tranquila, a plena luz del día, lejos de las calles oscuras que dejará tras de sí. En la práctica, transforma la vida cotidiana de la manera más profunda.
Cuba se extiende a lo largo de casi 1300 kilómetros por el Caribe, a tan solo 145 kilómetros de las costas de Estados Unidos. El país tiene capacidad para refinar petróleo, pero no cuenta con reservas propias de crudo. Como la mayoría de las naciones, su infraestructura básica depende del combustible para el transporte, la electricidad, el agua potable, la agricultura y la sanidad. Elúltimo cargamento de petróleo cubano (antes de la llegada del petrolero ruso) llegó el 9 de enero, lo que obligó al país a operar con reservas cada vez más escasas.
Cuando el combustible desaparece,
Los coches y camiones permanecen parados.Las ambulancias siguen aparcadas por falta de combustible.No se puede transportar comida de las granjas a los mercados.Las redes eléctricas fallan y, cuando se corta la electricidad, también fallan los sistemas de agua.Los hospitales cancelan cirugías y envían a los pacientes a casa porque los médicos y enfermeros no pueden desplazarse a sus puestos de trabajo.
Los efectos se extienden a través de todos los estratos de la sociedad.
La vida cotidiana comienza a tambalearse. Lentamente al principio, luego un colapso repentino.Esta es la cruel intención del bloqueo de combustible de Estados Unidos.Su impacto se mide en vidas humanas.Su objetivo es el pueblo cubano.
En las últimas semanas, las consecuencias han sido terribles. Barrios enteros de La Habana se han quedado a oscuras permanentemente. Algunas noches, el apagón afecta a todo el país. Estuvimos allí durante uno de los apagones. El sábado 21 de marzo, la red eléctrica de Cuba colapsó, dejando al país sin electricidad por tercera vez en un mes. Las calles quedaron en silencio. Los negocios cerraron sus puertas. Los teléfonos celulares dejaron de funcionar e internet desapareció. Barrios enteros quedaron a oscuras.
En nuestra casa , una mesa estaba cubierta de linternas que no se podían usar porque no tenían pilas. En los refrigeradores de todo el país, la poca comida que las familias habían logrado almacenar comenzó a echarse a perder con los cortes de luz. Una amiga me contó que se ha enfermado repetidamente, obligada a depender de alimentos que se han echado a perder después de otro apagón.Los hospitales están diseñados para ser las últimas instituciones en quedarse sin luz, pero incluso ellos son vulnerables durante los apagones nacionales. Los trabajadores de la salud con los que hablamos describieron cómo corrían a las cabeceras de los bebés y pacientes con respiradores, bombeando manualmente los equipos de soporte vital mientras esperaban a que se encendieran los generadores. Son momentos que no se miden en debates políticos, sino en segundos. Segundos que determinan si un bebé en la UCIN sobrevive.Esto es inhumano. Esto es genocida.
Un sistema de salud bajo asedio
En hospitales y clínicas, los médicos trabajan con suministros críticamente limitados de medicamentos esenciales, viéndose obligados a tomar decisiones en condiciones inhumanas que ningún profesional de la salud debería afrontar jamás.
Los médicos con los que hablamos nos contaron las decisiones imposibles que se ven obligados a tomar cuando los medicamentos que salvan vidas escasean. Deben sopesar si administrar un tratamiento escaso que puede prolongar la vida de una persona brevemente, o reservarlo para otro paciente con mayores probabilidades de supervivencia.
Ante esta escasez, los trabajadores sanitarios improvisan.
Es difícil transmitir plenamente la gravedad del bloqueo estadounidense a Cuba y las medidas extraordinarias que obliga a tomar al personal sanitario simplemente para brindar atención básica.Se adaptan, reparan, reutilizan e inventan.
En uno de los hospitales que visitamos, un niño utilizaba un dispositivo improvisado, fabricado con una botella de plástico desechada, para recoger la orina; una solución improvisada creada debido a la falta de suministros médicos adecuados.
La enfermera que nos mostró el aparato no lo presentó como una innovación ni un éxito. Lo sostuvo con cuidado en sus manos y explicó que era lo único que tenían disponible. Habló sobre la responsabilidad de cuidar a los niños cuando escasean los suministros, sobre el miedo a cometer errores cuando el equipo escasea y sobre el agotamiento de trabajar a diario en condiciones que ningún sistema de salud debería verse obligado a soportar.
Ese agotamiento no termina cuando finaliza su turno. A menudo regresa a casa y encuentra el apartamento a oscuras, sin poder cocinar porque la luz se ha vuelto a cortar. A veces, la electricidad regresa en mitad de la noche durante unas horas antes de volver a irse antes del amanecer. Cuando eso sucede, se levanta para cocinar lo que puede, preparando comidas para que sus hijos las lleven al colegio y algo para llevar al trabajo, y luego se vuelve a acostar a descansar antes de que empiece el día siguiente.
En el hospital oncológico que visitamos, era una cuestión de vida o muerte.
Hoy, 96.000 cubanos esperan ser operados, ya que la escasez de combustible y electricidad ralentiza las operaciones hospitalarias en todo el país. Alrededor de 11.000 de esos pacientes son niños. Los médicos explicaron que se estima que 16.000 pacientes con cáncer en Cuba necesitan radioterapia y están sufriendo interrupciones en su tratamiento, no porque el país carezca de médicos capacitados, hospitales o experiencia médica, sino porque los recursos necesarios para brindar atención médica continua son cada vez más difíciles de obtener.
Los profesionales sanitarios siguen preparados para atender a sus pacientes. Los centros médicos cuentan con el personal necesario. La voluntad de brindar atención permanece intacta. Pero cuando se restringen los medicamentos, el combustible, los repuestos y el equipo médico, incluso el sistema de salud más capaz no puede cumplir su función principal: salvar vidas.
Comunidades que sustentan la vida
Visitamos una escuela para niños con discapacidad auditiva, parte del sistema de educación universal de Cuba, donde los estudiantes con discapacidad aprenden junto a sus compañeros y reciben apoyo especializado. Los maestros hablaron de su trabajo con profunda dedicación y con creciente preocupación por la dificultad de conseguir algo tan básico como pilas para audífonos. Dentro del aula, los estudiantes reciben el apoyo que necesitan para aprender y comunicarse. Pero fuera del aula, la escasez crea nuevas barreras. Cuando no hay pilas disponibles, las familias luchan por mantener los dispositivos de los que dependen los niños para conectarse con el mundo que los rodea. Un pequeño detalle con enormes consecuencias.
Visitamos granjas orgánicas y huertos comunitarios donde los agricultores trabajan en conjunto para cultivar alimentos en condiciones cada vez más difíciles. Estos proyectos reflejan una larga tradición de comunidades resilientes que se adaptan, comparten conocimientos y mantienen los sistemas alimentarios locales cuando las importaciones se vuelven inestables. Lo que vimos no fue solo agricultura, sino cooperación: vecinos trabajando codo con codo para asegurar que las familias tengan qué comer, incluso cuando los recursos son escasos.
Nos reunimos con miembros de la Brigada Henry Reeve, un contingente de médicos y enfermeras cubanos que han viajado por todo el mundo respondiendo a desastres, epidemias y crisis humanitarias. Desde su creación en 2005, los equipos médicos cubanos se han desplegado desde Haití hasta África Occidental y comunidades de toda América, brindando atención médica cuando más se necesitaba.
Lo que presenciamos cuenta una historia muy distinta a la que se suele narrar sobre Cuba. Este es un país que lleva décadas enviando médicos —no bombas— a través de sus fronteras. Equipos médicos cubanos han respondido a desastres en Haití, atendido a pacientes durante la crisis del Ébola en África Occidental, apoyado a hospitales desbordados durante la pandemia de COVID-19 y colaborado con comunidades indígenas en toda América para ampliar el acceso a la atención médica. Su labor refleja un modelo de solidaridad internacional basado en el cuidado, la prevención y el servicio.
En los últimos meses, varios países se han visto obligados a reducir o cancelar las misiones médicas cubanas bajo la presión del gobierno de Trump. En Honduras, las comunidades perdieron a los trabajadores sanitarios cubanos que habían brindado atención médica gratuita durante casi dos años. Guatemala, Paraguay, Bahamas, Guyana y Jamaica también han puesto fin a alianzas médicas de larga data, incluidos programas que atienden a comunidades indígenas y rurales. Estos cierres implican menos médicos en las clínicas, mayores distancias de viaje para los pacientes y un acceso reducido a la atención médica básica para millones de personas que dependen de estos servicios.
El silencio no es una opción.
El sufrimiento causado por el bloqueo estadounidense contra Cuba no pasa desapercibido. Es visible para cualquiera que quiera observar con atención: en las salas de los hospitales, en las farmacias con estantes vacíos y en los cálculos diarios que hacen las familias para sobrevivir.
Como ya le comentamos a The Nation , las políticas impuestas a Cuba no son solo medidas económicas; son condiciones que determinan si los hospitales pueden funcionar, si los pacientes reciben tratamiento y si las familias pueden satisfacer sus necesidades más básicas. Se puede medir en vidas interrumpidas, tratamientos retrasados y sistemas sobrecargados.
Y por eso el silencio no es una opción.
Este artículo se publicó con el permiso de Terra 360 , una plataforma de noticias sin ánimo de lucro dedicada a fortalecer la democracia global, el buen vivir y la cooperación internacional.


Comments