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En el corazón de las elecciones colombianas, una tierra atrapada por voces encontradas

  • 59 minutes ago
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At the Heart of Colombia’s Elections, a Land Ensnared by Conflicting Voices

Personas de la comunidad Misak reuniéndose con familiares de los fallecidos en el conflicto entre las naciones Misak y NASA. Foto: Manuel Ortiz


El domingo 21 de junio, los colombianos elegirán al próximo presidente de su país. La elección no podría ser más contundente, con el incendiario de extrema derecha Abelardo de la Espriella liderando las encuestas frente a su rival y destacado abogado y activista de izquierdas Iván Cepeda. En juego en las elecciones está el futuro del tenso proceso de paz colombiano y la redistribución de tierras a comunidades desplazadas durante mucho tiempo por la guerra civil colombiana que dura décadas. En mayo, los periodistas Manuel Ortiz y Andrés Gómez viajaron al Cauca, en el suroeste de Colombia, donde la violencia entre comunidades indígenas rivales pone de manifiesto el delicado equilibrio en el que depende el futuro del país sudamericano.

Había aprendido a trabajar la tierra desde niña. Era fuerte y valiente, dicen quienes la conocieron. Soñaba con poseer un pequeño trozo de tierra y verlo florecer junto a su hija.

Por eso, cuando Carmen Velasco Tombé recuerda a Flor Alba, no habla primero de política o disputas territoriales; Habla de sueños rotos.

Flor Alba Tombé Velazco falleció el 21 de mayo de 2026 en La Ensillada, una región de gran altitud situada entre la reserva Misak de Guambía y la reserva nasa de Pitayó, en el departamento colombiano de Cauca, donde una disputa histórica por tierras terminó enfrentando a dos pueblos indígenas.

Tombé Velazco tenía 28 años y dejó a su hija, Lisbet, al cuidado de su madre, quien aún encuentra fuerzas recordando a la joven que soñaba con avanzar en la vida.

Carmen Velazco Tombé, madre de Flor Alba, de 28 años, muerta en el conflicto entre las naciones Misak y la

NASA. Foto: Manuel Ortíz

El 21 de mayo, Cauca vivió una tragedia. Los miembros de las comunidades Misak y Nasa se enfrentaron en la zona conocida como La Ensillada. La razón: la Agencia Nacional de Tierras de Colombia (ANT) no consultó a ambas comunidades cuando "organizó" el territorio en diciembre de 2023. Esto reavivó disputas por tierras y por espacios considerados sagrados, formados por humedales de alta montaña y lagunas, que ambos pueblos reclaman como propios.

Como resultado del enfrentamiento, murieron ocho indígenas: cuatro misak y cuatro Nasa. Más de 100 personas resultaron heridas en el lado de Misak y más de 40 en el de la NASA.

Personas de la comunidad Misak reuniéndose con familiares de los fallecidos en el conflicto entre los Misak y la Nasa. Foto: Manuel Ortiz

Otra víctima de la disputa fue el líder de la NASA, Hernán Perdomo. El dolor causado por su muerte se reflejó en las palabras de José Condua, líder y exconcejal del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), quien, durante el funeral, apenas pudo encontrar palabras para explicar la pérdida.

"Todo lo que podemos decir a la familia Perdomo es: manteneos fuertes, manteneos resilientes. No es fácil porque nuestras palabras como seres humanos no llenarán el vacío dejado por el anciano Hernán, que ya no está aquí. Y quizá hoy estemos juntos como comunidad, pero después de enterrar a nuestro mayor, la familia tendrá que seguir cargando con ese vacío, y nosotros también."

María Inés Cuchillo Cuchillo, viuda de Jairo Rodrigo Tungala Morales, asesinada el 21 de mayo de 2026 en el enfrentamiento entre la NASA y Misak.

El conflicto entre ambas comunidades se remonta a la época colonial, y ni la independencia ni la Constitución colombiana de 1991 lograron resolverlo mediante el diálogo. Hoy, con la política del presidente colombiano Gustavo Petro de profundizar la democracia mediante la formalización de la tierra en un país que nunca ha experimentado una reforma agraria integral, la situación ha vuelto a estallar.

Un grupo de mujeres Misak pasa junto al cementerio de Guambia. Foto: Manuel Ortiz

El Estado alimenta la desconfianza y la confusión

Los Misak reclaman la propiedad de los humedales y lagunas en disputa —el páramo— alegando la ocupación prehispánica, así como un Real Decreto emitido por la Corona española en 1700. Los Nasa, por su parte, argumentan que esas mismas tierras fueron consolidadas bajo un antiguo jefaturado y, por tanto, les pertenecen.

Aunque la resolución de la ANT de 2023 aumentó las tensiones entre las comunidades, los esfuerzos previos —incluida una reestructuración y expansión del territorio Misak durante la administración del expresidente Álvaro Uribe en 2022— también alimentaron el antiguo enfrentamiento, aunque el diálogo entre ambas partes mantuvo la violencia a raya.

Alexander Tunubalá de Misak era estudiante de décimo curso en ese momento y aún recuerda esas asambleas.

"Había autoridades ... que entendía muy bien el asunto, y recuerdo que las escuelas también estaban allí; había mucha gente de la NASA, gente de Misak, profesores, funcionarios también."

Alexander Tunubalá, indígena misak. Foto: Manuel Ortiz

Luego, tras la resolución de la ANT, explotó. Ambas partes afirman que el lenguaje de la confusa declaración del gobierno  añadió al conflicto, sembrando aún más confusión sobre quién posee qué. El comunicado oficial dice, en parte:

"La opinión de la Subdirección de Asuntos Étnicos y la circular emitida por el director general de la Agencia indican que los terceros protegidos incluyen la ya formalizada propiedad colectiva de la reserva indígena de Guambía. En otras palabras, se reconoce la clarificación de los títulos de Mosoco, Pitayó y Yaquivá, al mismo tiempo que garantiza que aclarar esos títulos no puede, por sí solo, despojar ni limitar el territorio de Guambía."

La declaración generó desconfianza y, en diciembre de 2025, la NASA decidió crear una valla fronteriza de poco más de 800 metros. Delimitaron su territorio, establecieron seis puestos de control y, en el proceso, destruyeron vallas pertenecientes a las familias Misak y se llevaron su ganado.

El Estado, según ambos bandos, no comprendió la magnitud del problema.

Miguel Antonio Yalanda Calambas habla de aquellos días como alguien que recuerda una larga cadena de puertas cerradas:

"Así que, primero que nada, bloqueamos la Carretera Panamericana... Y también se suponía que había un diálogo allí... Y al final, tuvimos que ir hasta Bogotá, al Ministerio de Asuntos Exteriores."

Al igual que el Misak, la NASA advirtió a las instituciones estatales sobre el riesgo de violencia. Buscaron que el conflicto territorial se abordara institucionalmente mediante un llamado público a la intervención de las autoridades pertinentes. Esa intervención nunca llegó.

Y así siguió la tragedia del 21 de mayo.

Lo que nunca debería haber pasado

Miguel Antonio Yalanda Calambas dice que el 20 de mayo, alrededor de las 23:00, él y otros miembros del Misak comenzaron a escalar una colina cercana, preparados para desmontar la valla erigida por la Nasa.

Entre ellos estaba Jairo Tunubalá, entre los que murieron en la violencia que siguió.

"Vamos a defender lo que es nuestro porque nos están invadiendo, nos están quitando nuestras tierras porque esas tierras pertenecían a nuestro padre", le dijo Jairo a su hermano antes de marcharse.

El grupo caminó durante cinco horas y, a las cuatro de la mañana del 21 de mayo, atacaron los seis puntos de control, atando a los hombres de la NASA allí destinados.

Pablo Pacho, gobernador de la comunidad nasa de Pitayó, recuerda el momento con una mezcla de ira y agotamiento:

"A las cuatro, empezaron a llegar a los controles. Ataban a la gente, les pegaban, destrozaban las ollas, los platos, todo. Como cada punto de control tenía su propia pequeña cocina donde preparábamos la comida, arruinaron todo eso; ataban a la gente."

Pablo Pacho, gobernador de la NASA en Pitayó. Foto: Manuel Ortiz

Los Misak procedieron a desmontar la valla y, en menos de una hora, la barrera había sido destruida. A las 5:30 de la mañana, llegaron decenas de soldados de la NASA y comenzaron los combates.

Alexander Tunubalá, hermano de Jairo, aún recuerda el último intento de evitar la tragedia:

"Incluso les dije (a la NASA): Nadie va a salir herido aquí; Tú tienes a tus hijos, nosotros tenemos a los nuestros. Además, sois mis hermanos; Tenéis sangre diferente, pero en este conflicto, tenemos que hacer las cosas bien, no con peleas, no con golpes."

No era suficiente.

Among the dead on the Misak side: Luis Enrique Tunubalá, Flor Alba Tombe, Jairo Rodrigo Tunubalá Morales, and Luis Enrique Tunubalá Fernández. Among the Nasa: Wilmar Darío Caña Imbachi, Albeiro Dizu, Alonso Chaguendo, and Hernán Perdomo.

La lucha duró toda la mañana. Cruz Elena Osa aún se estremece al recordar el choque.

"Nos llevaron contra nuestra voluntad, a algunas personas se llevaron, las ataron para llevarlas allí, a algunas se vieron obligadas a quitarse los zapatos... Nos decían constantemente que si mataban a los miembros de su comunidad, también nos maltratarían allí."

Luis Enrique Tunubalá, del pueblo Misak. Foto: Manuel Ortiz

Las intervenciones humanitarias del Gobierno Municipal, así como de las Naciones Unidas y la Iglesia Católica, finalmente pusieron fin a la violencia. Pero las heridas siguen abiertas.

El Misak informa de más de 100 personas gravemente heridas, muchas de ellas por disparos; la NASA también informa de más de cuarenta personas gravemente heridas por piedras y machetes.

También se teme que facciones disidentes del grupo paramilitar de izquierdas colombiano FARC hayan tenido algo que ver con el conflicto.

"La presencia de actores armados ilegales afecta y condiciona los ejercicios de gobernanza y territorialidad de los pueblos dentro del territorio", dice un análisis del Instituto de Estudios Interculturales de la Universidad Javeriana de Colombia.

Un miembro del pueblo Nasa custodia el territorio disputado entre las reservas indígenas Guambia y Pitayo. Foto: Manuel Ortiz

Procesando el duelo

"Aquí no hay ganadores ni perdedores", dijo José Condua durante el funeral del líder Hernán Perdomo:

"Aquí hay dolor, aquí hay tristeza, aquí hay impotencia. Por eso debemos reconocer que hoy hay dolor en la comunidad de Pitayó; pero que allí [en la nación Misak] también hay familias que llevan el mismo dolor y, como Pitayó, lo reconocemos."

Personas de la comunidad de la Nasa viajan en camión hasta la entrada de la reserva Pitayo para recibir el cuerpo de su líder, Hernán Perdomo. Foto: Manuel OrtizWake por el líder de la NASA Hernán Perdomo. Foto: Manuel OrtizWake por el líder de la NASA Hernán Perdomo. Foto: Manuel Ortiz

Tras el derramamiento de sangre, algunos líderes ahora insisten en el diálogo y la intervención del Estado. José Condua es uno de ellos.

"Los mensajes que debemos dejar son mensajes de unidad y llamamientos al diálogo, y a que las instituciones presten atención a este problema. Si, en medio de dos grupos que están luchando, no hay comisión que garantice el diálogo, nos será muy difícil unirnos, especialmente con dolor, ira y odio, porque somos seres humanos. Tenemos que sentir todo eso, pero también debemos encontrar la sabiduría para entablar un diálogo."

Crepúsculo en la reserva de Pitayó. Foto: Manuel Ortiz

Liliana Pechené, gobernadora de Misak en Guambía, también está convencida de que la violencia puede desescalarse, pero exige que el Estado emprenda una reforma agraria acordada y llama a ambos pueblos a unirse en torno a esa demanda.

"Lo que nuestros padres, abuelos y ancianos nos enseñaron es que debemos seguir recuperando tierras; En otras palabras, debemos llevar a cabo la reforma agraria. Y esa es la invitación que hacemos (...) Así que creo que esta es nuestra tarea y nuestra responsabilidad porque no hay otro camino."

No hay democracia sin consenso

Las acciones del gobierno colombiano para comprar tierras y formalizar títulos de propiedad demuestran buena voluntad, pero la inexperiencia del Estado en la negociación de disputas territoriales interétnicas en medio de las operaciones de grupos armados ilegales es evidente, reflejando décadas de guerra y solo unos pocos años de construcción de la paz.

El estallido de violencia también pone de manifiesto la necesidad de profundizar la paz como proyecto político nacional y de fortalecer la capacidad institucional del Estado para mediar en los conflictos interétnicos al asignar territorios.

El gobierno de Gustavo Petro, a través de la Agencia Nacional de Tierras del país, ha gestionadomás de 700.000 hectáreas para el acceso a la tierra y ha formalizado casi 1,8 millones de hectáreas, mientras que al mismo tiempo establece 133 nuevas reservas indígenas y concede 105 títulos colectivos de tierras a comunidades afrodescendientes. En un país donde la concentración de tierras ha sido una de las raíces más profundas de la desigualdad y el conflicto armado, esto representa un alivio para las comunidades históricamente excluidas.

Pero también se están cometiendo errores.

En Colombia, solo el 1% de los propietarios posee el 45% de la tierra rural, mientras que solo el 4,2% de la tierra propiedad de comunidades —incluidos los Misak y la Nasa— es cultivable. El gobierno, por su parte, ha intentado formalizar la propiedad de la tierra, pero se ha mantenido en gran medida sordo a las preocupaciones locales.

"Como viste el miércoles", señala José Condua, "cuando llegó la primera delegación gubernamental, qué respuestas mediocres dieron... Las instituciones nos han dejado en paz."

Un comunicado del presidente saliente Petro reconoció la centralidad de la tierra en el conflicto. "La base del conflicto es la escasez de tierras fértiles en las montañas del Cauca frente al crecimiento poblacional indígena." Petro también insinuó la posible implicación de grupos paramilitares. "Una vez advertí sobre guerras interétnicas que incluso podrían ser explotadas e intensificadas por grupos armados de narcotráfico."

Aun así, un mes después de la tragedia, la única intervención del gobierno ha sido la militarización. Hoy en día, hay más de 500 soldados estacionados entre ambas comunidades, lo que ha provocado acoso por parte del Frente Dagoberto Ramos — el grupo disidente de las FARC que se cree tuvo participación en el conflicto — generando temores a enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.

Además, el Misak y la NASA siguen desconfiando de las fuerzas de seguridad debido a crímenes cometidos por las fuerzas armadas colombianas en décadas anteriores.

El personal militar fue desplegado en el municipio de Silvia para evitar nuevos enfrentamientos entre los pueblos Misak y Nasa. Foto: Manuel Ortiz

Una responsabilidad compartida

Al atravesar el lugar del enfrentamiento, José Condua vuelve una y otra vez a la misma idea: un mal acuerdo es mejor que una guerra perfecta.

La frase resume el desafío al que se enfrentan tanto los pueblos como el país.

El gobernador de Misak, Pechené, afirma que ambos pueblos deben reflexionar sobre las implicaciones políticas del conflicto y lo que significa para el país un fracaso en lograr el diálogo.

"Creo que es hora de dejar atrás la desconfianza y ponernos serios, porque si vamos a gobernar este país, tenemos que tomarnos las cosas en serio. Y estas muertes que hemos presenciado en los últimos días, estas personas que fueron asesinadas entre nosotros, deben convertirse en una lección. Esto no debe volver a pasar nunca porque si vuelve a pasar... ¿Qué tipo de país estamos proponiendo?

Los indígenas de la comunidad Misak discuten posibles soluciones al conflicto cerca del lugar de la confrontación.

Foto de ManuelOrtiz, indígenas de la comunidad de la NASA, pasean por el lugar de la confrontación. Foto de Manuel Ortiz

Líderes como Condua proponen que el territorio en disputa se convierta en una reserva forestal y que se implemente una reforma agraria para que las familias Misak no tengan que convertir la tierra en pastos.

Dado el crecimiento demográfico de la zona, Cruz Elena Osa de Misak no considera viable la propuesta.

"Ellos (la Nasa) tienen la propuesta del ayuntamiento de Pitayó para convertir esta zona, donde tuvieron lugar los enfrentamientos, en una reserva para que pueda volver a ser bosque, lo cual no es viable para nosotros porque tenemos 250 familias que dependen de lo que producen allí, del trabajo que hacen allí."

Aunque no lo parezca, ambas posturas están más cerca de lo que parecen: la reforma agraria como garantía de prosperidad para las comunidades indígenas rurales.

Manta colgada en la entrada de la escuela en la Reserva Indígena de Guybia. Foto: Manuel Ortiz

Tener tierras cultivables para mantener a su familia era el sueño de Flor Alba. Y al final, su muerte y la de otros siete pueblos indígenas demuestran que la ausencia de una reforma agraria integral y negociada sigue generando costes humanos y medioambientales en Colombia.

La lección de Cauca, en última instancia, es que las disputas territoriales no pueden resolverse simplemente mediante resoluciones burocráticas. Un territorio está entrelazado con muchas voces.

Esta historia fue publicada por primera vez por Terra 360, un sitio de noticias digital que explora temas que afectan a comunidades de América Latina, y por el medio independiente colombiano El Turbión.

Manuel Ortiz es fotoperiodista y fundador de Terra 360. Está basado en el Área de la Bahía. Andrés Gómez es director de Turbión y lleva mucho tiempo cubriendo conflictos ambientales y sociales en toda Colombia.

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